Diálogo espejo

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– ¿Por qué lloras?
– Yo no lloro, llora el espejo.
– Un espejo sólo refleja lo que ve, no lo que sientes.
– Déjame llorar con una toalla en la cara.
– Dime, mírame y dime, por qué lloras.
– Lloro porque no está aquí, no me queda suficiente fuerza.
– Aún sin fuerza, ¿tienes aliento para llorar?

– Sólo para susurrar su nombre, con cada lágrima, con cada respiración, con cada latido.
– Lávate la cara, y mientras el agua recorra tu mejilla, y el ruido corra por el grifo, podrás llorar, con tanta fuerza, que harás que suspire, mientras tu nombre se desliza por sus labios.
– Descanso de buscarla, pero jamás descansaré de tenerla.
– ¿Por qué pinesas ahora en lo que debiste decirle?
– Voz tan dulce, no interrumpiré, aunque luego me falte tiempo para hablarla, y acabe susurrándole a una toalla, delante de un espejo.

– Soy testigo de tus mejillas.
– Sólo ella tiene tal privilegio.
– Soy testigo de tus ojos rojos y llorados, esta noche.
– Mis ojos, no, ya no son mios.
– ¿Lloran la ausencia de su dueña?
-Lloran y suspiran por volver a reflejarla.

Antes de que sus lágrimas recorran mi cara, esta noche de sueño, apagaré la luz y dormiré en su busca.
Buenas noches, me dijo, con su dulce voz.
Buenas noches, le dije, y callé.
Buenas noches, amor mio, debí decirle, y no pensé.

No puedo pensar, sólo puedo pensarla.

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Escuchando: Saigo no Yakusoku
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